“Oriente y Occidente son trazos que alguien dibuja con tiza frente a nosotros
para distraernos de nuestro propio juego pusilánime”.[1] (F. Nietzsche)

 

En la historia del pensamiento, la cuestión sobre las relaciones entre Oriente y Occidente ocupa un puesto importante. Todo eso se inició en la antigüedad en dos etapas principales unidas a la emergencia de la metafísica y al pensamiento de las esferas.[2]

Esta oposición nació de la representación cartográfica del mundo en la época presocrática antes de ser retomada por Platón, especialmente en el plano ontológico en el Banquete y en el Timeo, Toda la representación del mundo se sitúa entre dos polos. Uno según el cual toda carta, todo ‘cosmograma’ debería ser interpretado como figuración de la percepción de la relación entre el sujeto y los fenómenos (un poco a la manera de un mandala); el otro para quien las formas cartográficas no son sino la exacta y objetiva realidad. De esta forma la oposición cartográfica binaria entre Europa y Asia reúne el mito platónico del andrógino para preparar la oposición cardinal entre Oriente y Occidente, producida por los romanos, y que ha perdurado a través de la rivalidad entre Roma y Bizancio.

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En tanto que ‘enamorado de los mapas’ — que él confiesa ser —, Kenneth White organiza sus andanzas partiendo de un misterioso “mapa de Guido” que él mismo fue a consultar a Bruselas. Este documento simboliza en muchas formas la ruta recorrida por el autor. Consultado en una biblioteca, el lugar humanista por excelencia, el mapa del siglo XII es testimonio, al mismo tiempo de la erudición con que la Kenneth White prepara y acompaña a menudo las peregrinaciones, pero también de que el enamorado de los grandes espacios es asimismo un gran ciudadano, que se dirige a la ciudad y al mundo.

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 Régis POULET
Presidente del Instituto Internacional
de Geopoética

 

Nunca antes la humanidad ha estado tan desvinculada del mundo de la tierra y de las aguas. Hoy las civilizaciones no solo son mortales, sino que también suelen ser mortíferas. En los últimos tiempos, se ha constatado que el ritmo de la degradación global se acelera. Un discurso catastrofista y cierto sentimiento difuso y generalizado apoyan la idea de que nuestro mundo se acerca a su fin. Después de mucho tiempo, hemos logrado alcanzar y conocer los límites geográficos del planeta. Satélites geosincrónicos son suspendidos sobre nuestras cabezas como ángeles vacíos o Casandras high-tech de dudosos vaticinios. Los recursos naturales se están agotando. La tierra está experimentando una crisis de vida que augura una sexta extinción masiva de las especies. La cultura es hidropónica, sin suelo.

 

Como lo señala Kenneth White, no existe ya un ‘gran relato fundador’: ni mito, ni religión, ni Historia. Aquello que se llama «cultura» en nuestra época no es sino una proliferación vacía, que obedece por lo general a las leyes del mercado. Pero para que una cultura sea digna de llamarse así, necesita no solo estar viva, sino que también ofrecer en sus respectivos niveles y registros— un referente que genere consenso social. En el Paleolítico, el referente fue la relación del hombre con el animal; durante la Antigüedad, fue el ágora filosófica y política; en la Edad Media cristiana, Cristo y la Virgen María; en la época moderna, la creencia en la marcha triunfante de la Historia. Cada miembro de la comunidad podía tener esos referentes, independiente de cuál fuese su estatus dentro de la sociedad.

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